Castillo de Gaucín y Sierra de Casares. www.serraniaderonda.com

LA GACETA DE GAUCÍN

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COLABORACIONES


DÍA DE DIFUNTOS*
José Martín Martín
   

Reciente la celebración del Día de Difuntos, se me ocurre ofrecer unas páginas sobre uno de los temas más recurrentes en la poesía: el de la muerte. Abarca densamente todas las épocas llegando incluso a dar nombre a un tipo de composición medieval: Las danzas de la muerte. Son antológicas las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, conocemos la Elegía a Ramón Sijé  de Miguel Hernández, el reto de don Juan reservando plato en una cena al espectro del Comendador, don Gonzalo de Ulloa, padre de doña Inés, a quien había asesinado, y la asistencia misteriosa de éste al ágape y, sobre todo, en la parte segunda del Tenorio, las escenas en que Don Juan se pasea por el panteón (mandado construir por su padre, tras su muerte, en el solar de su casa como desagravio a los asesinados por su hijo) dialogando  retadoramente entre las estatuas ,con ellas; y que pasa por ser obra de representación habitual en el Día de Difuntos. Al margen de estos clásicos tópicos, y tras recomendar la lectura del  artículo de Mariano José de Larra La nochebuena de 1836,  unas muestras de hondo sentimiento que antologuen, como un ramillete variado, la concepción del binomio vida-muerte en algunos de nuestros más celebrados poetas:

            Nos vamos al Renacimiento y Santa Teresa de Jesús ( Teresa de Cepeda y Ahumada 1515-1582)  desde una perspectiva mística considera la muerte como el momento ansiado que facilita el paso a la verdadera vida, la del encuentro con Dios, este deseo en  grado de ansiedad cimero contrasta con el rechazo medieval a la muerte, y con la serena aceptación, también por razón de fe,  de don Rodrigo Manrique en las coplas de su hijo Jorge (1440-1479).


Muero porque no muero
Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí
Después que muero de amor,
Porque vivo en el Señor
Que me quiso para Sí.
Cuando el corazón le di
Puso en él este letrero:
Que muero porque no muero.

(…)


¡Ay, que larga es esta vida,
Qué duros estos destierros,
Esta cárcel y estos hierros
En que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
Me causa dolor tan fiero,
Que muero porque no muero.

(…).

Sólo con la confianza
Vivo de que he de morir,
Porque muriendo el vivir
Me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
No te tardes, que te espero,
Que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
Vida, no me seas molesta,
Mira que sólo te resta,
Para ganarte, perderte;
Venga ya la dulce muerte,
Venga el morir muy ligero,
Que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
Que es la vida verdadera,
Hasta que esta vida muera
No se goza estando viva.
Muerte, no seas esquiva;
Viva muriendo primero,
Que muero porque no muero.

(…)

            Desde la perspectiva del pesimismo barroco, desconfianza en el hombre, escepticismo casi generalizado, nos sirve de modelo  don Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645) para quien la vida es un fugaz y doloroso tránsito desde la cuna a la sepultura. Pero no es liberadora la muerte, sino un monstruo que acecha atormentando permanentemente, colofón brutal a una vida de falsedades, hipocresía e injusticia universales

SONETO

Fue sueño ayer; mañana será tierra!

Poco antes, nada; y poco después, humo!

Y destino ambiciones, y presumo

apenas punto al cerco que me cierra!

Breve combate de importuna guerra,

en mi defensa, soy peligro sumo;

y mientras con mis armas me consumo,

menos me hospeda el cuerpo que me entierra.

Ya no es ayer; mañana no ha llegado;

hoy pasa, y es, y fue, con movimiento

que a la muerte me lleva despeñado.

Azadas son la hora y el momento

que, a jornal de mi pena y mi cuidado,

cavan en mi vivir mi monumento.

SONETO

Vivir es caminar breve jornada,

y muerte viva es, Lico, nuestra vida,

ayer al frágil cuerpo amanecida,

cada instante en el cuerpo sepultada.

Nada que, siendo, es poco, y será nada

en poco tiempo, que ambiciosa olvida;

pues, de la vanidad mal persuadida,

anhela duración, tierra animada.

Llevada de engañoso pensamiento

y de esperanza burladora y ciega,

tropezará en el mismo monumento.

Como el que, divertido, el mar navega,

y, sin moverse, vuela con el viento,

y antes que piense en acercarse, llega

El Romanticismo hace del suicidio un escape ante la imposibilidad de realización personal en un mundo torturador: Ángel Ganivet; Mariano José de Larra (contempla su propia muerte,  disparándose con una pistola en la sien, en el fotograma de su rostro reflejado en un espejo); Bécquer (Gustavo Adolfo Domínguez Bastida 1836-1870), romántico tardío, muestra, al igual que Machado, en el primer poema que ofrecemos, el vacío existencial  como sinónimo de muerte. Prefiere por ello el dolor que le hace consciente de que está vivo. En el segundo poema, minado por la tuberculosis recrea su desamparo con honda desolación melancólica ante la inminencia de la muerte, en absoluta soledad y previsible olviso post mortem. En el tercero, la perplejidad que le produce la cortante frialdad del tránsito de la vida a la muerte, en medio de la cruel indiferencia, en el deceso de una niña.

Hoy como ayer, mañana como hoy
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar..., andar.

Moviéndose a compás como una estúpida
máquina el corazón;
la torpe inteligencia del cerebro
dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe;
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.

Voz que incesante con el mismo tono
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae sin cesar.

Así van deslizándose los días
unos de otros en pos,
hoy lo mismo que ayer, probablemente
mañana como hoy.

¡Ay!, ¡a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
¡Amargo es el dolor pero siquiera
padecer es vivir!

Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¡quién se sentará?

Cuando la trémula mano
tienda próximo a expirar
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidrie
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral),
una oración al oírla,
¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa.
¿Quién vendar a llorar?

¿Quién en fin al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
¿quién se acordará?

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

 (…).

Despertaba el día
y a su albor primero
con sus mil ruidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la casa, en hombros

lleváronla al templo,
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo;
allí la acostaron,
tapiáronle luego,
y con un saludo
despidióse el duelo.

La piqueta al hombro
el sepulturero,
cantando entre dientes,
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

¡Dios mío, que solos
se quedan los muertos!

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.

Allí cae la lluvia
con un son eterno;
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
¡acaso de frío
se hielan los huesos...!
(...)

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es, sin espíritu,
podredumbre y cieno?
No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo
a dejar tan tristes,
tan solos los muertos

Más tarde es Juan Ramón Jiménez (1881-1958) quien, y a pesar de la exquisitez que lo sitúa en su torre de marfil (dirigía su obra "a la minoría siempre"), concibe la muerte como el paso al olvido lleno de nostalgia por todo lo entrañable que deja. Admite la insignificancia del ser humano: todo seguirá igual al día siguiente a su ausencia. La naturaleza se regenera y el mundo continúa su curso girando al margen de los seres que lo pueblan,  somos viajeros de un tren que no deja memoria: el tiempo se encarga de irlo borrando todo. Hay nostalgia, no doloroso apego.

EL VIAJE DEFINITIVO

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,

mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando.

            Antonio Machado Ruiz (1875-1939), con una poesía tan profundamente enraizada en las inquietudes del hombre, nos muestra su serena aceptación del momento final como última etapa de una vida en la que predomina la estulticia, la hipocresía, la injusticia y el dolor. Muestra el mismo desapego ante los bienes materiales. Sólo el amor daría sentido a la vida y en su caso se truncó tempranamente: todo es desencanto ante la condición cainita de la humanidad y el desamparo de “Dios”.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
 (...)

Converso con el hombre que siempre va conmigo
-quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Con la muerte de Leonor desaparece el amor que alimentaba su alma. Él también muere en vida::

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

            Le ruega a su amigo José María Palacio que vaya al cementerio del Espino, en Soria, a depositar unas flores en la tumba de Leonor:

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...

¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?

Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.

¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas
entré las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?

Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,

¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra...

            Y también dentro de la generación del 98, el pesimismo vital de quien cultivó las más fragantes rosas poéticas, de quien identificó poesía y música: Rubén Darío (Félix Rubén García Sarmiento 1867-1916). En Lo fatal, muestra la vida como un terrible equívoco  que comienza con la niebla del origen y culmina con el pozo oscuro de la muerte. El vacío existencial de su generación: la muerte en vida.

 Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, 

y más la piedra dura porque ésa ya no siente, 

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, 

ni mayor pesadumbre que la vida consciente. 

 Ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto, 

y el temor de haber sido y un futuro terror... 

Y el espanto seguro de estar mañana muerto, 

y sufrir por la vida y por la sombra y por 

lo que no conocemos y apenas sospechamos, 

y la carne que tienta con sus frescos racimos, 

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos, 

y no saber adónde vamos, 

ni de dónde venimos...

  
  *Artículo publicado en la revista "Oxixares" por mi compañero y amigo Pepe Martín, Caterádico de Lengua y Literatura y profesor de dicha materia en el I.E.S Al-Fakar.
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