COLOR Y VOZ PARA GAUCÍN
No caben dudas de que el paisaje urbano fue
siempre una fuente inagotable de emociones artísticas, como no caben
de que es uno de los grandes manantiales por los que se desborda la nostalgia.
Y Gaucín es belleza que inspira a la belleza.
Y Salvador Martín de Molina, aun antes de salir de sus límites, ya tuvo nostalgia de Gaucín, como si adivinase que buena parte de su vida iba a ser un inacabable periplo de exilio echándolo de menos. Esa presencia nostalgiada es el tema de las veinte pinturas de esta inspiración y de los veinte poemas breves -arte nacido del arte- que de su emoción salieron. En ambas hay búsqueda y hay encuentro. Podría decirse que la peripecia personal de Martín de Molina es la de un Orfeo y su larga residencia giennense es una búsqueda enamorada de la esencia de su tierra de nacencia, la Diosa. Pero si Orfeo, que emociona a las piedras y a todo lo inanimado y encanta a la fauna y a las flores con su música, pierde a Eurídice por volver la vista atrás, nuestro pintor -quien también palpita en la poética de la palabra- retorna para reconquistar definitivamente con su sentir plástico la tierra y las piedras, la luz y las cales con las que nunca dejará de existir. Estas pinturas y estas palabras son, a mi juicio, un hermoso caer en la cuenta. MANUEL URBANO. |