Atardecer. Fotografía de Salvador Martín

LA GACETA DE GAUCÍN

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OPINIÓN

"A ÚLTIMA HORA"
     
   Es una constante de nuestra idiosincrasia. La mayoría de nosotros dejamos muchas de nuestras obligaciones y devociones para última hora. Nos pasaba de pequeños cuando teníamos que estudiar para un examen: la noche anterior al mismo era el momento del atracón. Así, con los conceptos “cogidos con alfileres”, nos aventurábamos ante nuestros profesores con la esperanza de que la diosa fortuna se apiadara de nosotros y en un supremo acto de bondad nos sonriera con su presencia. Normalmente solíamos recoger calabazas en vez de aprobados.
    Cuando la fortuna que pretendemos es la económica también solemos dejarlo para última hora. Si el pasado día 21 paseabas por las calles de la ciudad, de vez en cuando, veías una larga cola de personas que, al alcanzarla, te dabas cuenta de que estaba en las inmediaciones de una administración de lotería. Suponía la última oportunidad de conseguir el dinero fácil que nos proporciona la hacienda pública cada año, de igual modo que cada fin de semana y cada día de la semana, pero parece que la lotería de Navidad tiene su aquél y todos caemos en la trampa de creer que éste año será el de la suerte. A la mañana del día siguiente comprobamos, sin ningún tipo de sorpresa, que habrá que esperar hasta el próximo.
    Hoy, el Día de Nochebuena, previo al de Navidad, también se agolpaban las personas en comercios y calles ávidos de adquirir el ultimísimo regalo para uno de los miembros de la familia, el penúltimo detalle para los aperitivos, la cena o los postres, o cualquier otra fruslería que, más por rutina que por deseo, se trata de adquirir para sorprender a nadie, pues nadie posee ya la candidez que podamos presumirle. Cuando conseguimos alcanzar los expositores donde pensamos se encuentra lo que queremos adquirir, nos apercibimos de que ya no queda aquel regalo u objeto que teníamos en mente y debemos de conformarnos con algún sucedáneo por no volver con las manos vacías.
    Estos hechos o parecidos, los volveremos a repetir en próximas fechas y en próximos años y volveremos a contemplar, y a ser parte de, las largas colas que se formarán delante de las tiendas de juguetes, comercios y joyerías, tratando de encontrar, a última hora, aquello que pueda llevar cierta ilusión a los otros y tranquilizar un poco nuestras conciencias sintiendo que hemos cumplido con lo debido, con la tradición de todos los años.
    También ha sido a última hora cuando hoy, después de terminar la cena de Nochebuena, me he acordado de que no había escrito nada para poderlo fechar en la Navidad de este año. Es por ello por lo que me he decidido a medio hilvanar estos cuatro párrafos en los que he tratado de recoger una costumbre, quizás mucho más arraigada entre nosotros que las celebraciones que usamos de excusa, para, aunque sea a última hora, hacer aquello que no hemos hecho a su debido tiempo. Es como si el trajín de lo cotidiano nos abdujera y sólo nos permitiera, a última hora, llevar a cabo acciones tan sencillas y reconfortantes como enviar una felicitación, hacer una llamada, contactar con los otros...
   
    Dice el refrán que más vale tarde que nunca, mas no estaría mal que nos empeñáramos en romper un poco con refranes y tradiciones atávicas que poco dicen en favor de aquellos que las practicamos, por mucho que nos queramos parapetar en excusas que no se sostienen. Y siendo lo anterior deseable, mejor aún sería romper con todo lo accesorio que acompaña a la tradición del nacimiento del que, sin esperar a última hora, nos dio lección de previsión, pues desde toda la eternidad ya debió prever el cuándo y el dónde hacerse presente entre nosotros huyendo de pompas y boatos, arropado por los más humildes en el más humilde de los lugares.

    Teodoro R. Martín de Molina. Navidad de 2007

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